
Hace muchos años, cuando apenas comenzaba con mi despacho y todavía tenía pocos clientes, decidí inscribirme a un concurso internacional de arquitectura en Sídney, Australia.
El proyecto consistía en diseñar un nuevo edificio administrativo para una colonia llamada Ryde.
La realidad es que nunca participé pensando en ganar.
En esa etapa de mi vida buscaba cualquier oportunidad para seguir diseñando. Los concursos eran una forma de mantener la mente activa, aprender y enfrentar problemas distintos a los que encontraba en los proyectos cotidianos.
Era como volver a la universidad.
Analicé el contexto, estudié cómo funcionaba el espacio público y propuse un edificio de ladrillo aparente acompañado de una plazoleta a diferentes niveles. Curiosamente, varios años después retomaría algunas de esas ideas en otros proyectos.
Cuando envié la propuesta me olvidé del concurso.
Semanas más tarde vi fotografías de la exposición y encontré mi proyecto exhibido al otro lado del mundo.
Recuerdo que pensé:
“Qué increíble… un proyecto diseñado desde México está expuesto en Australia.”
Con eso me sentía más que satisfecho.
Hasta que llegó otro correo.
De los cientos de propuestas recibidas, solo veinte habían pasado a la siguiente etapa.
La mía estaba entre ellas.
Y fue entonces cuando apareció un miedo que nunca había imaginado.
En lugar de preguntarme si podía ganar, empecé a preguntarme qué pasaría si realmente ganaba.
No tenía pasaporte.
No tenía visa.
No sabía cuál era el siguiente paso del concurso.
Mi cabeza comenzó a inventar escenarios imposibles.
”¿Y si me descalifican porque no puedo viajar?”
”¿Y si tengo que desarrollar un edificio enorme?”
”¿Y si no estoy preparado para algo así?”
Hoy lo recuerdo con una sonrisa.
En aquel momento descubrí algo que muchos profesionales experimentamos alguna vez: el síndrome del impostor.
No tenía miedo de competir.
Tenía miedo de descubrir que sí era capaz.
Al final no obtuve el primer lugar.
Pero, viéndolo con perspectiva, el verdadero premio ya lo había recibido.
Ese concurso me enseñó que las buenas ideas no entienden de fronteras. Da igual si diseñas en Guadalajara, Sídney o cualquier otra ciudad. Todos comenzamos con una hoja en blanco y tratamos de resolver problemas de la mejor manera posible.
También entendí que los concursos son una excelente herramienta para aprender, siempre que los veas como eso: una oportunidad para crecer y no una forma de construir una carrera.
Requieren muchas horas de trabajo y una inversión importante de tiempo. Si estás comenzando y tienes espacio para hacerlo, pueden convertirse en una gran escuela. Pero cuando tu despacho empieza a consolidarse, ese mismo tiempo suele generar más valor si lo dedicas a tus propios clientes.
Con los años he descubierto que muchas veces participamos en este tipo de retos pensando que queremos demostrarles algo a los demás.
La realidad es otra.
Lo hacemos para demostrarnos algo a nosotros mismos.
Y, aunque nunca volví a ver ese proyecto construido, todavía recuerdo aquel concurso como uno de los momentos en los que empecé a creer que quizá sí tenía un lugar en esta profesión.
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