Después de diseñar más de cien proyectos, descubrí que no extraño la arquitectura… extraño la oportunidad de imaginar edificios diferentes. Esta es una reflexión sobre la creatividad, la profesión y las oportunidades que aún hacen falta para las nuevas generaciones.
Si hay algo que extraño de la escuela es la variedad de proyectos que diseñábamos.
Creo que la universidad se queda corta en muchos aspectos. Rara vez te prepara para conseguir clientes, dirigir una obra, administrar un despacho o entender cómo funciona realmente la profesión.
Pero hay algo que sí hacía muy bien: enseñarnos a diseñar.
Tuve grandes maestros que nos retaban a pensar, cuestionar y proponer. Cada semestre aparecía un proyecto completamente distinto al anterior. Un museo de arte moderno, una clínica especializada, un edificio corporativo, un centro cultural, un espacio público o una biblioteca.
Cada proyecto era una oportunidad para aprender algo nuevo.
Con el paso de los años la realidad profesional cambia.
No me quejo. He tenido la fortuna de diseñar más de cien viviendas, participar en centros comerciales, fraccionamientos, casas club, motivos de ingreso y otros desarrollos que me han dejado grandes aprendizajes.
Cada uno de ellos ha representado un reto distinto y me siento agradecido por haber formado parte de esos proyectos.
Sin embargo, de vez en cuando extraño aquella libertad que existía en la universidad para imaginar cualquier edificio.
Extraño enfrentar problemas completamente nuevos y pensar en soluciones para espacios que probablemente nunca tendría oportunidad de diseñar en la práctica profesional.
La realidad es que muchos de esos proyectos terminan siendo inaccesibles.
Los museos, hospitales especializados, edificios gubernamentales o grandes espacios públicos suelen concentrarse en pocos despachos o llegar por relaciones construidas durante muchos años.
En México, además, la cultura de los concursos arquitectónicos todavía tiene mucho camino por recorrer.
Existen concursos muy interesantes, pero también otros con poco impacto o procesos que no siempre generan la confianza suficiente entre quienes participan.
Eso provoca que muchos arquitectos jóvenes, con enorme talento e ideas frescas, difícilmente tengan la oportunidad de competir en igualdad de condiciones.
Y es una lástima.
Porque la arquitectura evoluciona cuando aparecen nuevas formas de pensar.
Cuando llegan nuevas generaciones capaces de cuestionar lo establecido.
Cuando el talento pesa más que el apellido, las influencias o las conexiones.
Me gustaría pensar que poco a poco veremos un cambio.
Que existan más concursos abiertos, más procesos transparentes y más oportunidades para que arquitectos jóvenes puedan transformar nuestras ciudades.
No por favoritismos.
No por recomendaciones.
Sino simplemente porque presentaron la mejor propuesta.
Al final, la arquitectura siempre debería construirse alrededor de las ideas.
Es todo por hoy.
Saludos,
Arq. Enrique Ochoa
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